La primera vez que caí en la cuenta de la importancia que (para bien o para mal) tenía mi particular y doble condición de electricista y daltónico fue siendo aún aprendiz del gran Paco Segovia, maestro de generaciones de electricistas que aprendieron técnicas y trucos diversos con su "Manual renovado de instalaciones eléctricas".

Yo no tuve que leer su libro (un libro que, por otra parte, el maestro Segovia no dudaba en repudiar, habiendo yo escuchado de sus labios la expresión "me voy a cagar en la puta madre del librito" en más de una ocasión) ya que tuve la suerte de trabajar a su lado: primero como aprendiz, más tarde como asalariado...

Hasta que tomé la peor decisión de mi vida (también motivada, como os explicaré más adelante, por mi daltonismo): dejar la familiar empresa de Paco Segovia y unirme a la multinacional de la instalación eléctrica por antonomasia: Hughes & McCormick.

Bien... Retomando el hilo... Con solo 16 años comencé como aprendiz y solo unos días después de mi incorporación tuve que realizar el primer empalme de mi vida.

Imaginaos. Allí estaban: tres cables para mi idénticos; aunque para el resto de la humanidad se trataba de dos extrenos azules y uno marrón.